REVOLUCIÓN, GUERRA Y CIUDADANÍA: Francia ante el problema de la anomia

Ricardo Jasso, Revolución, guerra y ciudadanía, Auctoritas non veritas   PDF

RICARDO JASSO HUEZO

En este ensayo se tratará de responder a la pregunta “¿cuál es la relación entre revolución, guerra y ciudadanía?”, para lo cual, por un lado, se recurrirá a la teoría que propone Durkheim acerca del fenómeno social que denomina “anomia”,[1]  por el otro, como sustento empírico, se hará siempre referencia a los hechos históricos acontecidos en Francia entre 1789 y 1794, debido a que en este periodo de tiempo se muestran con claridad los tres aspectos de la pregunta a contestar. Se partirá de la hipótesis siguiente: El cambio en las “mentalidades” —así llamadas por Tocqueville— que se dio en el preludio a la Revolución condujo a un proceso de anomia, lo cual, debido a la sobresaturación de un sistema político poco flexible con demandas que pedían reintegración social y un orden social efectivo,  llevó a una revolución al mando de una unidad política cuyo objetivo era acabar con la anomia y volver a la unidad de la sociedad francesa, usando como medios para esto la guerra —de corte claramente nacional— y la ciudadanía.

La desigualdad era algo intrínseco al antiguo régimen, a la forma que tomaba la sociedad francesa anterior al siglo diecinueve; como diría Durkheim, este era el orden social que los individuos aceptaban y asimilaban como algo normal y deseable, pues en él se encontraban las bases para mitigar la anomia, los fundamentos sobre los cuales se construían las normas sociales que limitaban los deseos insaciables propios del ser humano. Esto, las instituciones —en sentido sociológico— comprendían lo que Easton llama la “caja negra”: las demandas (inputs) de la sociedad al sistema político pasaban a través de esta especie de maquinaria para elaborar respuestas (outputs), logrando así el funcionamiento óptimo del sistema y de los mecanismos de regulación de la voluntad individual; se sentaban normas que dirigían el actuar de los miembros de la sociedad.[2] En este orden social, todos los miembros[3] tenían un lugar determinado por la pertenencia a alguno de los tres Estado, una personalidad en función de la corporación a la que pertenecían. A todo esto, surge la pregunta…  ¿porqué los individuos que formaban esa sociedad dejaron de aceptar el sometimiento al orden social establecido?

Cuando Luis XIV limitó el poder de la nobleza —mediante distracciones y vanalidades palaciegas que la distraían de sus funciones—, rompió con la institución que fungía como intermediaria entre el tercer Estado y el monarca, con el medio de comunicación entre el pueblo y su rey; por lo tanto, el sistema político no pudo continuar satisfaciendo las demandas sociales que se acumulaban y, tras el paso de dos soberanos absolutistas, el sistema autárquico no soportó más: las demandas se desbordaron; como resultado, vino la aparición del estado de anomia. “Francia no sembró a su alrededor los gérmenes de la Revolución, sólo hizo desarrollar los que ya existían”, dice Tocqueville.[4] Ante un sistema social y político que se tornó injusto en virtud del cambió en las mentalidades —fruto de la ineficacia del sistema para satisfacer las demandas—, los individuos no aceptaron más los límites impuestos a sus voluntades por la sociedad del Antiguo Régimen, la justicia se volvió tediosa; el respeto se convirtió en odio. Tocqueville dijo en un discurso pronunciado en la Cámara de Diputados el 29 de enero de 1848, en la víspera de la revolución de aquel año: “… créanme, la razón verdadera , la razón efectiva que causa que los hombres pierdan su poder es que se han vuelto indignos de retenerlo”.[5] Así, es como se llega a un estado en el cual el individuo se siente excluido de una sociedad que no es más madre y guía, sino portadora de un yugo insoportable de represión y desigualdad. He aquí lo que llevó a la Revolución de 1789: la búsqueda por mitigar la anomia, consecuencia del régimen absolutista y causa de su caída.

Ante este panorama de individuos liberados de toda atadura impuesta por la sociedad antigua, frente a los cuales se levantaba un horizonte eterno de deseos y aspiraciones imposibles de satisfacer, el problema principal de la sociedad francesa nueva era claro, imperioso: la necesidad de mitigar esta falta de puntos de referencia —de regulación de los límites del deseo—, de solucionar el clamor de reintegración de las masas (del tercer Estado), para volver a construir el sistema normativo que acabara con la anomia, para forjar un nuevo orden social.

Sin monarca y destruido el sistema social anterior, sumergida Francia en la anomia, dos grandes medios de unidad surgieron para reconstruir el orden de la sociedad: guerra y ciudadanía. La primera fungió como punto de cohesión de la sociedad francesa, pues, ante la amenaza latente de las potencias extranjeras de destruir el nuevo régimen, los individuos se unieron bajo el estandarte único, que desempeña un papel de fraternidad e igualdad: el de la defensa de la Patria, el del nacionalismo. La segunda abrió las puertas a la participación política de las masas; destruyó el principio de la sociedad de órdenes; se dejaron de lado los títulos de la sociedad aristocrática, para usar uno que no distinguía estamentos ni corporaciones, que encerraba a todos los hombres en un campo semántico neutro: “citoyen”. En este nuevo mundo, formado por individuos, de lema “Liberté, égalité, fraternité”, se volvió a encontrar un sustento sobre el cual construir el orden social; la anomia se mitigó mediante la guerra nacionalista y la ciudadanía, pues son estas dos características lo que forjó la reintegración de la sociedad, la santificación de la unidad. Se llegó a la “gran familia francesa”. Los individuos volvieron a tener bases que guiaran su actuar y limitaran sus deseos con las cuales estaban de acuerdo, porque las respetaban y las aceptaban como justas y benéficas. Se cortó de tajo con el fenómeno social destructivo que Durkheim denominó “anomia”.

Revolución, guerra y ciudadanía se encuentran relacionadas por un objetivo único, consecuencia de la imposibilidad humana de la satisfacción absoluta de sus deseos: la necesidad de pertenecer a una comunidad, de encontrar un punto de referencia en el actuar, de satisfacer las pasiones mediante su limitación a lo permitido por la realidad y por la sociedad en las que se vive, de encontrar el lugar al que se pertenece en un mundo de anarquía; en pocas palabras, la necesidad imperiosa de acabar con la anomia a base de construir un orden social genuino.

 


BIBLIOGRAFÍA

Anderson, M. S., La Europa del siglo XVIII (1713-1789), México, FCE, 6ª reimpr., 1996.

Bergeron, Louis, F. Furet y R. Koselleck, La época de las revoluciones europeas 1780-1848, México, Siglo XXI, 23ª ed., 2006.

Durkheim, Émile, El suicidio, México, Diálogo abierto, 3ª ed., 1997.

Easton, David, Esquema para el análisis político, Buenos Aires, Amorrortu, 1969.

Tocqueville de, Alexis, The Recollections of Alexis de Tocqueville, Londres, H. Henry & Co., 1896.

____, El Antiguo Régimen y la Revolución, 1, Madrid, Alianza, 1994.

 


NOTAS

[1] Durkheim dice que la satisfacción de las necesidades del hombre no es completamente dependiente del cuerpo —a diferencia de los animales—, el individuo puede desear y soñar sin límites; por lo tanto, las aspiraciones humanas son “un abismo sin fondo que nada puede colmar” (p. 212). Esto lleva a un estado de vida perpetuamente vacío e insatisfecho, a la anomia. Por esta razón, el individuo necesita limitar sus deseos,

[p]ero, puesto que no hay nada en el individuo que pueda fijarles un límite, éste debe venirle necesariamente de alguna fuerza exterior a él. Es preciso que un poder regulador desempeñe para las necesidades morales el mismo papel que el organismo para las necesidades físicas. Es decir, que este poder no puede ser más que moral. […] Cuando los apetitos no son detenidos automáticamente por     mecanismos fisiológicos, no pueden detenerse más que delante del límite que reconozcan como justo (p. 213).

Pero… ¿quién desempeñaría este papel de regulador de los límites de las pasiones del individuo? Para Durkheim, la respuesta es la sociedad, pues es el agregado de individuos “el único poder moral superior al individuo, y cuya superioridad acepta éste” (p. 213). La conciencia es, desde este punto de vista, una creación que la sociedad impone al individuo, una especie de ejercicio de la tercera cara del poder.

En épocas de inestabilidad política, económica o social profunda, se llega a un punto donde “los apetitos […] se han encontrado liberados de toda autoridad que los limite” (p. 220). En este contexto coyuntural, en el que, de repente, aparecen horizontes eternos para la imaginación y el deseo, se llega a la anomia: estado de desorganización y desequilibrio moral, en el cual, como los individuos se desligan de la sociedad, la sociedad no puede controlarlos suficientemente como para imponer reglas y límites a las pasiones  (El suicidio, México, Diálogo abierto, 3ª ed., 1997).

[2]  Véase: Esquema para el análisis político, Buenos Aires, Amorrortu, 1969.

[3] Destacar la palabra “miembros” es importante, pues los individuos formaban parte de una comunidad —la sociedad francesa del antiguo régimen—, la cual aceptaban como dice Durkheim como justa y respetable, porque sentaba bases regulatorias con las que se estaba de acuerdo para mitigar la anomia.

[4] El Antiguo Régimen y la Revolución, 1, Madrid, Alianza Editorial, 1994, p. 10.

[5] The Recollections of Alexis de Tocqueville, Londres, H. Henry & Co., 1896, p. 15.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s