RESEÑA – Richard Engel, And Then All Hell Broke Loose. Two Decades in the Middle East.

 H. Abud, And Then All Hell Broke Loose, Auctoritas non veritas   PDF

 

Richard Engel, And Then All Hell Broke Loose. Two Decades in the Middle East, Simon & Schuster, Nueva York, 243 pp.

HAMID ABUD RUSSELL

La publicación del libro de Richard Engel no podría ser más oportuna. And Then All Hell Broke Loose. Two Decades in the Middle East interna a los lectores en las complejidades de una región que desde hace décadas mostraba grietas y fracturas profundas, mismas que la participación de Estados Unidos ahondó. La llamada “primavera árabe” fue recibida en occidente con gran expectativa, pues esperaban una transición como la que vivieron otras regiones. Lejos de esto, el sueño de un Medio Oriente democrático parece haberse desvanecido, y la búsqueda de aplacar el caos, causado por la invasión de Iraq, vuelve a dominar la agenda estadunidense. El hecho de que grupos radicales abanderen los restos de estas revoluciones es muestra que el descontento, la marginación y la pobreza fueron las causas detrás de movimientos, los cuales parecían ver en la democracia un medio pero nunca un fin.

La segunda intifada, la guerra en Iraq, la “primavera árabe”, y el conflicto en Siria no pueden explicarse si no se entienden los procesos históricos y sociales que dieron lugar a dichas movilizaciones populares. La genialidad del autor es que logra inmiscuir a los lectores en las dinámicas que presenció, lo cual nos ayuda a entender la dificultad de la situación actual.

La complejidad de los procesos del Medio Oriente exponen lo absurdo que es reducir los conflictos a enunciados como “primavera árabe” y “revolución democrática”, cuando las dinámicas detrás de dichos movimientos tienen una trayectoria histórica, política y social más profunda. La obra de Engel −un recuento periodístico autobiográfico− evidencia una serie de variables explicativas, al centro de las cuales yace siempre quien desató el infierno: Estados Unidos.

Como periodista, Richard Engel brinda un enfoque novedoso, pues estudia los procesos desde una perspectiva microscópica. Esto permite a los lectores analizar las actitudes, percepciones y cosmovisión que tiene el ciudadano común sobre la situación de la sociedad, el país y la región. Sin embargo, el autor no deja de lado una perspectiva macro histórica, pues a lo largo del texto  analiza los procesos políticos, sociales y religiosos que dieron lugar a la configuración actual. Su narración facilita la aprehensión de dinámicas enrevesadas pero es, por ratos, tediosa la lectura de anécdotas personales, que poco o nada ayudan a comprender el Medio Oriente.

Engel da un papel central al actuar de Estados Unidos, y con justa razón, pues es imposible entender la región sin estudiar el papel que ha desempeñado en la misma desde mediados del siglo XX. Las relaciones con estos países fluctuaban pero los intereses estadunidenses no. La persecución de la estabilidad fue siempre el eje rector de la política de Washington, y las políticas de Guerra Fría, la protección de Israel y el abastecimiento de petróleo fueron los tres elementos que dominaron la agenda (p. 5). El advenimiento del mundo unipolar modificó el actuar de Estados Unidos, y eso repercutió en su actuar regional.

George H. W. Bush mantuvo una política similar a la de sus antecesores, misma que buscaba la estabilidad por encima de todo. La invasión iraquí de Kuwait fue replegada con el apoyo de fuerzas de una coalición internacional, y la respuesta a la agresión se limitó a sanciones; nunca una invasión. El ataque del once de septiembre cambió todo. La administración de su hijo reaccionó con fuerza desmedida, más como una muestra de poder y no como una respuesta a la agresión terrorista. El autor relata la relativa facilidad y poca oposición que enfrentó Estados Unidos al tomar Afganistán como respuesta al atentado terrorista; esta acción debió poner fin a la Guerra Contra el Terror (p. 130). No obstante, como señala Engel, los generales, la industria de armas y la propia administración querían hacer alarde del poderío militar; Afganistán fue muy fácil y ellos querían un reto.

Como ya mencioné, la búsqueda de arreglos que favorecieran la estabilidad en el Medio Oriente ha estado siempre en la agenda de Estados Unidos. Doctrinas como la Eisenhower y la Carter procuraron mecanismos que mantuvieran el suministro de petróleo, mientras implementaban medidas para perpetuar la seguridad que tanto los beneficiaba.[1] Nos obstante, las últimas dos décadas han visto dos administraciones que destruyeron el statu quo y cualquier sueño de estabilidad, por la incompetencia de la primera y la inconsistencia de la segunda.

La llegada de George W. Bush al poder inauguró un milenio que abanderaba la lucha contra la pobreza, la cual se convirtió −rápidamente− en la lucha contra el terrorismo. La Doctrina Bush, caracterizada por un intervencionismo feroz y una agresividad desmesurada (p. 156), implementó una estrategia de ataques preventivos, lo cual deshizo la débil estructura que mantenía erguida la región. La estrategia que cambió todo –para mal− fue la invasión de Iraq; la democracia y la estabilidad prometidas, jamás se concretarían.

El autor enfatiza la ineptitud esperanzada del Presidente para remediar el Medio Oriente, la cual muchos dan por sentada pero misma que juega un papel fundamental a la hora de entender la finalidad de la invasión. Sin embargo, esa misma ineptitud que Engel critica parece tornarla en una defensa del presidente Bush y su administración. La idea de que “no sabía lo que hacía” (p. 108), y que Estados Unidos fue sólo el catalizador de procesos históricos subyacentes es una línea que parece otorgar un perdón a un personaje que no ha hecho por merecerlo; analicemos los argumentos.

Es verdad, como señala Engel, que la administración, el presidente y los grupos de interés detrás de la invasión ignoraban por completo la complejidad de los procesos de la región; ni hablar del caso particular de Iraq. Sin embargo, la excusa de ignorancia no ofrece ninguna defensa para las acciones que implementó el gobierno estadunidense, en aras de combatir el terrorismo, promover la democracia y facilitar la explotación del petróleo.

La fractura étnico-religiosa que con mano dura había remediado Saddam Hussein salió a la luz con la invasión estadunidense. El recuento de las masacres que redacta Richard Engel es muestra del caos que engendró Estados Unidos, con lo cual él mismo deja ver que la responsabilidad del presente tiene sede en Washington. Es claro, como menciona el autor, que había problemas subyacentes previos a la invasión estadunidense; complicaciones históricas que no fueron producto de las torpezas de una administración violenta y desinteresada. Sin embargo, el conflicto actual no tiene raíces históricas, sino culpables presentes. Fue  responsabilidad de Bush inmiscuirse en un proceso que terminó por destruir el tejido social de toda una región, y el relato del autor –quien intenta defenderlo− ahonda el caso contra su administración.

La justificación de invadir por motivo de armas de destrucción masiva perdió toda validez cuando los esfuerzos reiterados por encontrar un arsenal se desvanecieron. La presencia, entonces, adquirió nuevos objetivos: la democratización y erradicación del terrorismo. No sabían que la primera era imposible y la segunda creación de sus acciones. La democracia nunca había sido una prioridad de la política estadunidense en el Medio Oriente,[2] e intentar imponerla sólo para remediar errores terminaría por ser un proyecto muy costoso.

La ventaja más grande de plantar las “semillas” de la democracia era que estas solas germinarían, y darían lugar a regímenes tolerantes; afines a Occidente y contrarios al terrorismo. Pero el proyecto inconcluso de la CIA, conocido como Al-Qaeda, representó un obstáculo muy  difícil de superar, y simpatizantes en Palestina, Jordania, Arabia Saudita, Egipto, entre otros, verían en Iraq la oportunidad de librar guerra santa contra el invasor. Como menciona Harvey, el espacio relacional es lo que los individuos llevan a él,[3] e Iraq se había vuelto el único espacio donde el descontento contra occidente podría traducirse en acciones concretas contra sus ciudadanos.

Al-Zarqawi fue la manifestación unificada de todos los problemas que Iraq había desatado. La brutalidad con la cual ejecutaba a chiíes, sunníes y estadunidenses por igual, era muestra de un proyecto irreconciliable; uno que fragmentaría al país. El proyecto de Zarqawi era mucho más ambicioso que el de Al-Qaeda y Bin Laden. Engel ahonda en las distinciones entre uno y otro, lo cual permite analizar los objetivos del Estado Islámico y el componente territorial que lo caracteriza. Zarqawi logró personificar la herencia de la invasión de Iraq, e inmortalizar su imagen mediante la fundación de lo que hoy es el Estado Islámico. Pero la raíz de todo el proyecto no puede entenderse sin Estados Unidos, el cofundador (p. 107).

El descontento que había generado la invasión de Iraq era mucho más visible que el descontento que estaba por generar la crisis económica; parecería que el objetivo estadunidense era llevar a la región al borde del colapso. La crisis de la deuda evidenció la desigualdad de la región, y el enriquecimiento de los pocos cercanos al régimen comenzó a lucir más con el advenimiento de las redes sociales. La llamada “primavera árabe” coincidió con la llegada de Barack Obama a la presidencia. La ilusión de una ola democrática pocos años después de la llegada de un presidente afroamericano forjó un sueño del que fue difícil despertar.

La desigualdad en estos países, sumado a la desestabilidad causada por la invasión de Iraq, favoreció movilizaciones que se montaron sobre una ola democratizadora. La Doctrina Obama, que parecía estrechar su apoyo a los pueblos que se levantaran contra su gobierno en busca de un régimen democrático, fue selectiva e inconsistente, mismo que generó mayores problemas para la resolución (pacífica o violenta) de los conflictos en la región; como muestra el autor, ambos presidentes, expusieron y agravaron los problemas que prometían resolver.

Es claro que los movimientos que perseguían la democracia lo hacían no por ver en ella un fin, sino un medio para conseguir mejores oportunidades y una mayor igualdad; era la respuesta a todos sus problemas. Este aspecto queda plasmado a la perfección en el recuento de Engel, quien analiza los casos de Túnez, Libia, Egipto y Siria. En los cuatro, es claro que la desigualdad, marginación y opresión por parte de un grupo había generado un descontento que exigía una mayor redistribución de los recursos. Veían todos ellos, en la democracia, una herramienta que les permitiría mejorar su condición, pero siempre ligada a su situación económica.

Como señala Engel, la ineficiencia de la Doctrina Obama yace en favorecer y alentar los movimientos en estos cuatro países, sólo para apoyar el Golpe de Estado que puso fin al experimento democrático en Egipto e ilusionar a los rebeldes sirios (pp. 180-182). En su desesperación y tras ser abandonados, muchos de estos movimientos fueron secuestrados por grupos radicales, lo cual es evidencia de la incompetencia de la Doctrina Obama y la falta de compromiso de los movimientos con el ideal de la democracia. Aunque el autor deja entrever las debilidades de la administración, hace críticas muy severas sin aludir a muchos ejemplos. El gran intercambio entre las perspectivas micro y macro, se torna más micro y se deja de lado lo macro.

El autor asemeja a los países de la región a casas con fachadas imponentes pero con una estructura endeble y carcomida. La desigualdad social, económica y política se suma a siglos de conflicto sectario y religioso, el cual no ha hecho sino debilitar a los regímenes desde adentro; la llegada de Estados Unidos fue el catalizador de su desmoronamiento. Las Doctrinas Bush y Obama, con su intervencionismo e inconsistencia abandonaron la política de estabilidad y persiguieron una de democratización, sin tener claros los objetivos. El libro de Richard Engel es de gran relevancia para entender los procesos de las últimas dos décadas, los errores de Estados Unidos, y reflexionar sobre el futuro que depara a la cuna de la civilización.

 


NOTAS

[1] Rashid Khalidi, Sowing Crisis. The Cold War and American Dominance in the Middle East, Beacon Press, Boston, pp. 40 et passim.

[2] Ibid., pp. 165-166.

[3] David Harvey, Spaces of Global Capitalism: A Theory of Uneven Geographical Development, Verso Londres, 2006, p. 123.


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